Texto
El estudio de la obra de Gurdjieff
El Cuarto Camino, fue para mí un «darle la vuelta al mundo»; pues encontré increíbles tesoros, piezas que conectaban conceptos y tradiciones y, a la vez, retos mayúsculos a mí lógica y mindset cultural. Gurdjieff lo llamó Cuarto Camino para distinguirlo de los tres caminos espirituales tradicionales: el del faquir, que implicaba el dominio total sobre el cuerpo; el del monje, que requería la masterización de las emociones, y el del yogui, que era el más intelectual de todos. Me sorprendió que Gurdjieff asegurara que el Cuarto Camino podía ser emprendido por el «hombre común» es decir, por cualquier persona sin renunciar a su modo de vida y trabajar cuerpo, emociones, mente y espíritu simultáneamente, lo que el llamaba, trabajar en las cuatro habitaciones.
Su podríamos decir teoría del todo, me recordó a la Teosofía, pero más cruda, menos barroca, como si la hubieran limpiado. La descripción fractal de la realidad cuadraba con la física de vanguardia, a la vez que situaba perfectamente el Cuarto Camino cerca del hermetismo y la alquimia. Y es que, sin decirlo abiertamente, Gurdjieff fue brujo y alquimista (además de muchas otras cosas). Probablemente uno muy poderoso, por los relatos de algunos de sus discípulos, en que demostraba telepatía, control energético, clarividencia y muchas otras habilidades. Su idea de Absoluto recuerda y refleja la Cosa Única y la Mente Única descritas en la Tabla Esmeralda, piedra fundacional de la tradición alqúmica, y su descripción de la Voluntad que se va ramificando de la Unidad a la multiplicidad cada vez más mecánica, parece una traducción al lenguaje del siglo XX de los antiguos textos alquímicos o esotéricos, tan antiguos que hunden sus raíces antes del Diluvio.
Gurdjieff fue intérprete y visionario. Su impactante uso de la metáfora de la máquina todavía tiene más sentido hoy que en mitad del siglo XX: No somos dueños de nuestros actos o decisiones, el ser humano común es un autómata que responde a estímulos externos únicamente, pero posee la capacidad de hacer un trabajo para ponerse por encima de ese mecanismo y conocerse. Además, el ser humano común no es uno, sino muchos.
Cuando leí esto último casi se me paró el corazón:
«La actividad de esta máquina humana, es decir, del cuerpo físico, no está controlada por una, sino por varias mentes, totalmente independientes entre sí, que tienen funciones y esferas separadas en las cuales se manifiestan. Esto debe entenderse en primer lugar, porque a menos que esto se entienda, nada más puede entenderse.»
Recientemente había descubierto IFS, también llamado parts work o trabajo con las partes, que define exactamente así al mundo interno, como un sistema de distintas partes que interaccionan entre sí; con personalidades, conflictos y dones propios. Cien años antes de que Rick Schwartz describiera su Internal Family Sistem Therapy, el chamán armenio hablaba exactamente de lo mismo y lo ponía en el centro del trabajo personal. La diferencia: Gurdjieff defendía que era necesario fundir todas esas partes en el crisol del fuego interno (alquímico) para alcanzar la unidad de uno mismo. IFS no niega que exista una cierta unidad, la del Self o esencia, pero las partes no deben dejar de existir, sino mantenerse conectadas a ella.
Luego está la práctica más sencilla y potente que encontré: el Recuerdo de Uno Mismo. Simplemente esto: usar el gesto interno de recordar, para conectar con la propia esencia. Es sencillo, pero difícil de mantener en el tiempo, y lleva a un lugar tan íntimo que es difícil ponerle palabras. No obstante, aparte de este poderoso antídoto, lo cierto es que nos costó mucho sumergirnos en las prácticas del Cuarto Camino. Ouspenski (discípulo eminente de G.) lo dice muy claramente: Para Gurdjieff la escuela y el maestro eran absolutamente imprescindibles. Así que, al no encontrar más que algunas anotaciones sobre la observación de los centros psico-corporales y la certeza de que nos estábamos perdiendo la práctica y la presencia del maestro, nos resultó difícil seguir con las cuestiones más intelectuales, como la compleja descripción de los elementos constitutivos del universo, sin esa parte más vivencial. Algo me dice que el Cuarto Camino requiere de las danzas sagradas a las que tanta atención puso el maestro.
Hay algo que dice Castaneda que es que lo que el Nagual (Consciencia-matriz de este sueño que vivimos como realidad) muestra, sólo funciona para uno. Existe un fenómeno de tonalización o huella en el sueño de la realidad que, sencillamente, no es generalizable. Como si entre las infinitas posibilidades sólo se pudiera rascar sobre el papel de esta realidad, con lápiz o carbón, la faz de la moneda, pero nunca el oro.
Honestamente, el perfil que muestra Gurdjieff resulta bastante inquietante en algunos puntos, pero casi todo el esoterismo occidental le daría la razón en lo básico: Los planetas son inteligencias vivas que nos determinan absolutamente si no trabajamos para trascender su influencia. ¿Qué científico del siglo XXI adscribiría esta afirmación? Por otro lado, como en todas las vías espirituales de occidente, la voz de Hermes resuena potentemente en el Cuarto Camino: En la tan repetida afirmación de La Tabla Esmeralda, «como es arriba, es abajo y como es abajo es arriba», esas inteligencias celestes, están también aquí en nuestro pequeño mundo, operando hasta en nuestro interior. Como insistía Gurdjieff, el estudio de uno mismo debe ir acompañado del estudio del Universo. Desde el principio, es necesario dirigir el entendimiento hacia este juego de espejos, como han hecho tantas otras tradiciones como el gnosticismo o la Kabbalah.